jueves, 3 de diciembre de 2009

3 de diciembre 2009

En los últimos meses, y en especial en las últimas veinticuatro horas, se han decidido y concluido una serie de eventos, los cuales me han llevado a tomar la decisión de escribir un diario personal para compartirlo con los lectores de la red. Puede que sean muchos o muy pocos. Quizás sea uno solo. No me importa. Con que logre un solo lector, se habrá cumplido el maravilloso círculo de la escritura.

Por supuesto, mi nombre no es Eduardo Guerra. Y si conocen a alguien con ese nombre, den por sentado que no es él. “Cualquier parecido con la realidad, será pura coincidencia”, jejeje. También he falseado algunos datos biográficos y curriculares, para mantener a buen resguardo mi verdadera identidad, lo cual es muy importante, ya que bajo esta máscara llamada Eduardo Guerra es que podré desnudarme con absoluta libertad.

Lo demás, les prometo, será real. No pienso adornar nada, al contrario: me limitaré a narrar mi vida cotidiana, esperando que llegue a ser del interés de alguno de los eventuales lectores de este blog.

No crean que considero que mi vida sea especialmente interesante ni glamorosa. Es más bien solitaria y aburrida. Mi edad es de 51 años, tengo como doce kilos de sobrepeso, soy calvo y no precisamente muy atractivo. Inteligente sí soy y eso me ayuda a emparejar las cosas. Vivo solo, tengo dos hijas ya casadas, estoy desempleado y atravieso (una vez más) una espantosa crisis económica. Es decir, como ya les dije, mi vida no es especial, pero sí se parece a la vida de muchos. Y eso, pienso yo, podría resultar interesante.

Soy adicto al cigarrillo y a las citas con damas a través de internet. Pero de eso ya tendremos tiempo de hablar.

Por último, antes de comenzar, y para brindarle un escenario a estas notas que estoy comenzando a escribir, vivo en Naiguatá, en un delicioso apartamentito a orillas del mar Caribe. Este es uno de mis grandes privilegios. Pero no siempre he vivido aquí. Este apartamento lo compré hace dos años, cuando la mayor de mis hijas se casó y ya no tenía mucho sentido continuar viviendo en un apartamento tan grande en Caracas. En cambio en éste, en el apartamento de Naiguatá, vivo como si viviera en un pequeño yate. Todo es pequeño: la cocina, la nevera, el fregadero, la habitación. No me cuesta nada dedicarle unos minutos al día y dejarlo todo limpio.

Ahora, entrando de lleno en el relato de este diario, les cuento que hasta poco más de un año (catorce meses, para ser exactos) mantuve una intensa relación amorosa con una chica llamada Anabel. Ella era una mujer de treinta y ocho años, espectacularmente hermosa (de esas mujeres que nos obligan a nosotros los hombres a voltear la cabeza para verlas cuando ellas pasan a nuestro lado), muy inteligente, alegre y culta. Era, al menos para mí, una mujer perfecta. Pero había un pequeño detalle: era casada.

Al comienzo me moví con cautela y manejé la situación como una típica relación entre amantes. Llevaba las cosas como los alcohólicos en recuperación: un día a la vez. Y cada encuentro, yo lo daba por el último. Sabía que se trataba de una relación temporal y que, ante el menor cambio, todo se terminaría. Sin embargo, nada de esto me sirvió. A los pocos meses terminé enamorado como un loco, y lo que antes aceptaba de buena gana como pasajero, ahora quería que fuera permanente y mío. Durante poco más de tres años, ella me siguió el juego y prometía que se iba a separar. Pero, como ya se imaginarán, eso jamás ocurrió. Y así, hace ya catorce meses, el miércoles 8 de octubre de 2008 (dos días antes de mi cumpleaños número cincuenta, es decir, mi medio cupón), Anabel y yo decidimos separarnos de mutuo acuerdo.

De mi parte había amor, mucho amor. Y creo que de la suya también. Sin embargo el suyo era un amor sin voluntad, sin fuerza, sumiso, incapaz de nada. Y cabe preguntarse si un amor verdaderamente sentido puede ser real y a la vez carecer de fuerza y de voluntad. Como decían mis tías ya viejas, cuando se ponían románticas, “el amor lo puede todo, y si no puede nada, pues no es amor”. Por eso dicen que el diablo sabe más por viejo que por diablo.

Para mí fue una ruptura muy triste y devastadora. Han sido meses muy duros para mí.

Hace años (creo que cinco años) conocí por internet a una chica extraordinariamente hermosa y vital. Se llamaba Alejandra y vivía en Barinas. Era tal la hermosura de esta chica que no pude evitar enamorarme un poco de ella, así, a distancia, mirándola bailar por la pantallita de mi MNS y hablando con ella por teléfono. Pero Alejandra no me paraba ni medio. Y con toda razón: ella debía tener en esa época apenas unos veinte añitos y yo era un anciano de cuarenta y seis años. Nada que ver, diría la chica. Decidí dejar las cosas así y dejé de contactarla. Ella tampoco hizo nada por buscarme.

A comienzos de este año 2009, un día volví a conseguirme a Alejandra por mi MSN. Tal vez ella siempre estuvo allí y nunca habíamos coincidido. O tal vez me había bloqueado en alguna oportunidad y luego me desbloqueó, pero lo cierto es que ese día ambos estábamos conectados en el MSN. La saludé y ella me respondió con cariño. Me dijo que durante estos cinco años se había casado, había tenido un bebé y se había divorciado. Le pedí sus teléfonos y me dio su celular y el de su casa. Desde ese día no paramos de hablar: en las mañanas, en las noches, en las madrugadas. Aprovechamos los días de asueto de la Semana Santa para conocernos. Ella se quedó en mi casa. Sin que ese fuera el plan, esa misma noche dormimos juntos e hicimos el amor. Era una chiquilla deliciosa.

Ella inventó excusas para no ir a trabajar y pasamos juntos poco más de una semana. Fue maravilloso, lo admito, aunque para esa época yo aún andaba aguijoneado por la separación de Anabel. En realidad, Alejandra era como un bálsamo que venía a aliviar mis heridas de amor, o como una canción que venía a alegrar mis tristes noches de despecho.

Sin embargo, las cosas nunca son tan bonitas como parecen. Alejandra me había mentido. En realidad no estaba divorciada, si no en pleno proceso de divorcio y seguía viviendo en la misma casa con el esposo.

El tipo no tardó en descubrirla ya que se metía en su correo electrónico y en su Facebook y comenzó a ver las nuevas fotos, los comentarios y sus emails. Cuando ella cambió las claves, ya era demasiado tarde. El tipo ya lo sabía prácticamente todo.

En los siguientes meses, los encuentros en mi casa se hicieron más esporádicos, difíciles y breves. Y yo, sin darme cuenta, me había vuelto a enredar hasta el cuello con otra mujer casada.

Por supuesto, yo quería terminar. Pero ella me pedía que le diera tiempo, que ella no era Anabel. Sin embargo, pasó el tiempo y nada cambió.

Ayer 2 de diciembre, más o menos a esta misma hora (12:31 pm) me llamó Alejandra. Me contó que el celoso esposo había encontrado una nueva foto o un nuevo email (ni ella misma lo sabe) y se había puesto como un energúmeno y le había exigido, a grito limpio, que se largara de la casa. Yo, por supuesto, le ofrecí a Alejandra que se viniera a la mía, a lo que ella se negó con sobradas razones: el trabajo, el colegio del niño, su mamá enferma. Le pregunté en qué forma creía ella que pudiera ayudarla, y me respondió que “en ninguna, no hay forma de que me ayudes. Además, este es mi peo y yo debo salir sola de él”. Le pregunté si ella prefería que termináramos, y me dijo que “no sabía”, la cual es una respuesta que nadie quiere escuchar. Fue entonces cuando le propuse que nos quedáramos tranquilos durante algunos días, dejáramos que las cosas se enfriaran un poco y luego viéramos que es lo que queríamos y PODÍAMOS hacer. Le recordé que no era justo para mí embarcarme en una relación tan incierta, complicada e insatisfactoria, ya que cada vez nos costaba más vernos.

Y así, en medio de lo que ambos pensamos sería una conversación telefónica más, terminamos decidiendo que era mejor alejarnos por unos días, lo cual todos sabemos no es más que un eufemismo: esas separaciones temporales rara vez dejan de ser separaciones definitivas.

Le dije que dejaba todas las puertas abiertas. Pero creo que le mentí. Si vuelve a llamar, le diré que lo mejor es dejarlo así y que cada quien siga con su vida. Alejandra tardará meses o años en arreglar su vida. Y como ella misma dice, ella ni quiere volver a casarse ni volver a vivir con ningún otro hombre, lo cual me deja a mí nuevamente reducido a la situación de un amante eventual, sin futuro ni expectativas.

En resumen, hace apenas veinticuatro horas terminé con Alejandra. Y la extraño. Aunque realmente fueron pocas las veces que estuvo aquí, en mi casa, la extraño. Hoy fue el primer día en que ella no me llamó por teléfono a la hora que ella se despertaba. Y mi celular, por primera vez en ocho meses, ha permanecido muerto, en silencio, sin llamadas ni mensajitos. Porque hasta ayer, nos llamábamos hasta quince veces al día, entre llamadas cortitas y largas.

Cuando las mujeres terminan una relación comienzan a realizar una serie de cambios en sus vidas: se compran ropa nueva o se cortan o se tiñen el pelo. No lo digo porque me parezca algo superficial, no. Al contrario. Creo que desean asumir otra identidad. Quieren mirarse al espejo y contemplarse como si fueran otra nueva mujer, libre de amores fallidos.

Los hombres hacemos cosas distintas.

En las mañanas salgo a caminar a orillas del mar. Pero en dos años que tengo haciendo eso, jamás me he detenido a mirar el mar. Ni siquiera me he bañado en estas playas. Pero hoy, después de caminar, me fui hasta el extremo de uno de los espigones y me senté allí, sobre las rocas, a mirar el hermoso mar. Su color es de un azul profundo, oscuro y vigoroso, lo que hace que la blanca espuma que nace con el romper de las olas, resalten con más blancura y proyecten una luz casi propia.

A veces uno tiene cosas maravillosas al lado de uno (como por ejemplo este hermoso mar) y nunca las vemos ni disfrutamos, pensando que siempre tendremos la oportunidad para hacerlo. Pero en la vida, las oportunidades vienen contadas. Tal vez el mar esté allí para siempre. Pero nosotros no.

3:00 PM

Ya almorcé. Suelo comer bastante sano: muchas frutas, carnes y muchas ensaladas. Si siempre me alimentara así, no tendría problemas de peso. Pero me encantan también los chocolates y la comida chatarra. Y es por eso que ni engordo, ni adelgazo.

Tal como lo prometimos ayer al mediodía, Alejandra no ha llamado. Antes de despedirnos, ella me pidió que tampoco le escribiera a su Facebook ni a su correo electrónico. Creo que es más por temor a que el celoso esposo lo lea y no por evitar noticias mías. O tal vez sea por ambas razones. El caso es que me cerró el camino a toda comunicación. Y se lo voy a respetar. Creo que también por eso, ante este aislamiento comunicacional en que repentinamente me veo sumergido es que decidí comenzar a escribir este diario.

Pero creo que es mejor así, que estemos separados. Fue una relación bonita, pero muy difícil. Alejandra es dulce como la miel, pero también (como buena llanera) es la Mamá de las Cuaimas. Todo el tiempo andaba revisando mi celular, a escondidas, buscando llamadas o mensajitos de textos que enviaba o recibía de otras mujeres. En una oportunidad hice una cita de trabajo con una chica llamada Auramarina y Alejandra me espió el celular, vio el mensaje y lo interpretó como una cita de amor. Le expliqué que se trataba de una corredora de seguros (cosa que es verdad), pero no sé si me creyó.

Alejandra decía que confiaba en mí, pero en realidad no lo parecía.

La pasábamos bien juntos, pero teníamos pocas cosas de qué hablar. No le gustaba el cine, ni la lectura, tampoco ver películas en TV. Hablábamos de lo que nos pasaba a cada uno y de los pocos amigos que habíamos llegado a conocer el uno del otro. Ella siempre andaba pendiente de mí, aunque fuera a distancia, por teléfono. Me peleaba los cigarrillos (allí ella era parte interesada, ya que me cuidaba de alguna eventual impotencia sexual prematura) y andaba pendiente de mis pastillas para la tensión. Y eso es bueno: sentir que alguien nos cuida. Creo que yo no me sentía tan preocupado por ella. Y, ahora, mientras lo escribo y me doy cuenta, lo lamento. Creo que Alejandra se merecía que la tratara mejor.

10:30 PM

He pasado la tarde y parte de la noche visitando otros blogs, invitando a personas a que visiten el mío. No pretendo hacer de este diario un acto exhibicionista, pero tampoco voy a negar que no deseo lectores. Dada las circunstancias, esos lectores serán “mis compañeros”. Mis interlocutores.

Me he encontrado, visitando otros blogs, cosas interesantes. Hay un chico que se hace llamar TORO SALVAJE. Es amante del boxeo y de la poesía. Cosa, en apariencia extraña e incongruente. Sin embargo, tal vez en el ring haya mucha poesía, mucha épica, mucho triunfo y mucha derrota. Y quizás en la poesía haya más rudeza de la que pensamos a simple vista. Mucho golpe, mucho sufrimiento y mucha sangre.

Me he encontrado también con una chica que se hace llamar en su blog MADAME BOVARY. Creo que es de las Islas Canarias. No lo recuerdo bien ahora. El caso es que la chica, en la entrada de su blog, tiene un epígrafe que dice: “ámame cuando menos lo merezco, porque es cuando más lo necesito”.

Y esa frase me ha reputeado hasta el alma. No exagero.

Pienso en Alejandra, sola en Barinas. Con el burro del marido que la ha botado de la casa y ella se ha tenido que ir a la casa de su madre. Y pienso que ahora, justo en este momento, tan desolada y abandonada, es cuando más debería amarla. Pero amarla de verdad, sin prestaciones, sin cálculo, sin sexo de por medio.

La ida a la casa de su madre no es un acto tan dramático como parece. Ella misma me lo dijo. Es una jugada calculada: se irá sólo por tres, quizás cuatro días. Es para darle una lección al esposo. Y cuando me comentó eso, yo me sentí como si estuviera metido entre una pelea doméstica “entre marido y mujer”.

Alejandra me ha dicho, y en eso le creo a cabalidad, que ella y su marido no llevan vida marital desde mucho antes de que ella y yo estuviéramos juntos. Pero el esposo, vamos a llamarlo Rolando, la cela más que por amor, como un objeto de su propiedad.

En el fondo (y no es que lo apoye) lo entiendo: su mujer sigue viviendo en su misma casa y no puede entender y menos aceptar que “su mujer” ande con otro.

El teléfono no ha repicado en todo el día, salvo por un par de llamadas de amigos y una llamada de mi hija mayor, Verónica. La menor, Carlota, rara vez me llama. Luego les hablaré sobre eso.

Siento que una negra soledad me arropa. Antes de escribir esta nota me he ido al balcón a mirar el negro mar, a tomar un par de rones y a fumar. Siento que reviven viejas penas, viejas pérdidas. Me siento como en los primeros días que había perdido a Anabel. Porque de alguna forma, Alejandra alivió y me obligó a ocultar ese dolor. Pero ahora, cuando ella, Alejandra, no está, se me vienen encima viejas deudas.

Me asomo al balcón y extraño a Alejandra. Pero también extraño a Anabel.

Pero como bien decía el “bien curtido” de Nietzsche, generalmente “dos penas se llevan mejor que una”.

Certeras palabras.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen comienzo para una historia... ¿en serio es un diario?
Ruben N.

Eduardo Guerra, el imaginario... dijo...

Sí, en serio es un Diario: mi diario personal. Lo único falso, por razones aobvias, es mi identidad...
Gracias por tu comentario.

Janeth dijo...

Hola amigo, vengo a devolver la amable visita a mi blog, y la verdad es que me lleve tremenda sorpresa, me gusto mucho lo que escribiste, es bueno escribir sobre lo que nos esta afectando, te va a servir como terapia, a mi me pasa algo parecido, yo estoy en una busqueda frecuente de mi ser, me encanta lo esoterico y de eso es lo que escribo, y a la ves me desahogo, me da gusto que nos podamos comunicar por este medio ya que podemos aprender mucho de ambos
Saludos y paz en ti
Janeth

Isabel Huete dijo...

Ya que has entrado en mi blog y me invitas a entrar en el tuyo, aquí estoy.
El blog ayuda a sacar demonios fuera, más si ocultas tu identidad y así nadie podrá reconocerte. Yo, sin embargo, también suelto mis demonios y no me preocupa que otros me reconozcan. A quien no le guste que no lo lea. Las dos opciones son legítimas e igual de buenas.
Por lo que he leído, tu necesidad de compañía te puede más que otra cosa, lo cual a mí no me pasa porque disfruto enormemente cuando estoy sola. Me recuerdas a mi hermano.
Lo malo es no saber cómo llenar esa insatisfacción que pareces tener y es como si siempre estuvieras buscando algo, aparte de que me da la impresión de que no debes de ser un hombre fiel durante mucho tiempo... ¿o no? :)
Disfruta de lo que tengas y no pienses demasiado en lo que pueda venir porque no lo puedes saber, de la misma manera que el pasado no se puede modificar y hay que asumirlo.
Es muy difícil pensar en tener a una mujer (o a un hombre en el caso inverso) para toda la vida. Será o no será, pero no podemos anticiparnos al futuro y por eso hay que disfrutar el presente al máximo.
Me alegro de haberte conocido.
Un abrazo.

Eduardo Guerra, el imaginario... dijo...

Para Isabel... ¿Fiel? Soy asquerosamente fiel.Soy tan fiel que me da casi verguenza decirlo. Pero más que una virtud, es como una incapacidad. Es como mentir. Mentir me da tanto trabajo, tanta angustia, tanta incertidumbre. Y engañar. Engañar es peor que mentir, porque involucras a la otra persona, y sabes que le puedes hacer daño con lo que haces a la sombra de ese engaño.
En cuanto a la lealtad amorosa, vuelvo a reconocer en mí más que una virtud, una incapacidad. Cuando amo a una mujer, ni se me ocurre mirar ni tocar a otra. Y si lo hiciera, es como si entrara en cortocircuito. ¿Cómo chuparte una teta que amas y luego chuparte otra, que sólo te gusta?
Ah! El amor y el sexo. El sexo me conduce al amor, y el amor me conduce al sexo, como si se tratara de un círculo virtuoso. Y cuando por azar o por esfuerzo logras eso con una mujer, ¿cómo crees que puedo mirar a otra?
Soy, te repito, asquerosamente fiel.
¿La soledad? La soledad es otra cosa. Y no la sé manejar. No puedo. Me abruma. Me angustía. Me hace sentir cómo cuando era adolescente y a los quince, aún no había besado a una muchacha. Pensaba en carne viva que jamás en toda mi puta vida iba a besar a NADIE.
Cuando estoy solo siento que jamás dejaré de estarlo. Y así envejeceré y moriré, solo. Entonces sí me vuelvo sexero y prosmicuo. Y busco en todos lados compañía, aún donde sé no la encontraré.
La soledad es para mí una pesadilla. Y sin embargo, después de tantos esfuerzos, no he hecho más que estar solo. Con mujeres casadas.
Mi soledad de hoy, por ejemplo: ¿a qué se ha reducido?: a un celular que no repica.
Triste, ¿no?
Huyes del fuego y corres para la candela.
La soledad es un capítulo que debo leer mejor y aprender de ella.
¿La soledad? ¿Cómo decirlo? ¿Me gustas pero no te soporto?
Algo así.
Gracias por tu lectura y tus comentarios.

Eduardo Guerra, el imaginario... dijo...

Seguro que sí, Janeth. Gracias por aceptar mi invitación. ;-)

TORO SALVAJE dijo...

Hola.
Bueno, yo soy extraño e incongruente, y no me avergüenzo de ello.
Prefiero ser así que no una oveja más del rebaño.
He leído todo lo que dices y siento no ser bueno tampoco para dar consejos. No soy bueno ni para mí.
Si te sientes solo el blog es una buena ayuda. Aunque sea una compañía virtual el blog alivia la soledad.

Suerte con él.


Saludos.

Eduardo Parra Istúriz dijo...

Ya que has pasado por mi blog con una invitación en la mano, te devuelvo esa rosa blanca. Primero, me agrada mucho que hayas usado mi nombre como seudónimo, aunque no te lo hayas propuesto. Luego, quería decirte que escribes muy bien y que tu comienzo de historia convida a seguir leyéndote.
Para terminar, date cuenta de que ya tienes cerca de 70 visitas y algunos comentarios: ya estás menos solo aunque tu celular no repique.

Eduardo Guerra, el imaginario... dijo...

Hola, Eduardo (tocayo, jaja) y Toro Salvaje. Gracias por aceptar mi invitación.
Sin que suene pedante, en realidad no busco recomendaciones ni consejos. Sé lo difícil que es dar un consejo, pero más difícil aún aceptarlo. En todo caso, busco opiniones y, más que opiniones, lectores. Al menos uno. Con eso me conformo.
En cuanto a la soledad, no pretendo combatirla escribiendo un blog. En todo caso intento compartirla, que es distinto.

Gracias por sus comentarios!

Elena dijo...

Después de leerte, creo que lo que de verdad te duele es la soledad...
Esa que nos duele a todos.
Tu historia, es una historia más entre millones, pero al entrar por casualidad en tu blog, he reconocido en ella un relato que yo escribí, en el que la idea principal era usar el blog como diario y que la protagonista narrase su dolor del momento. Diario cibernetico lo llamaba mi protagonista.
Eduardo, te seguiré, tu lectura es facil y amena, y seguro que hará compañia en las largas noches de invierno.
Deseo que conozcas esa chica que te llene y te haga feliz en su justa medida.
Besotes

Eduardo Guerra, el imaginario... dijo...

Gracias, Elena! ;-)

Shanty dijo...

Eduardo:
Me gustó mucho la invitación a participar en tu blog. Nunca esperé encontrarme con algo tan vivencial, tan auténtico, tan vital.
Estoy segura de que este diario te ayudará mucho: tendrás la sensación (como realmente lo es) de tener ante tí a alguien que te acompaña diariamente en estos días de soledad y poder contemplar tu vida desde una perspectiva más amplia.
Bienvenido seas a este mundo virtual donde nos acompañamos los unos a los otros y donde también, encontramos amistades maravillosas que llegan a crecer y florecer.
Un abrazo.

Eduardo Guerra, el imaginario... dijo...

Gracias, Shanty.

Karina Pugh Briceño dijo...

Eduardo, estoy conmovida hasta las lágrimas. Si bien en mi vida he conocido hombres sensibles y reflexivos, tu ejercicio de auto observación y la belleza con la cual describes lo que sientes me conmueve mucho.

Pienso que escribir es un exorcismo y que muchas veces (al menos a mí me pasa), uno se da cuenta de lo que escribió tiempo después; por eso escribir un blog es una experiencia tan intensa, porque además de el proceso íntimo de quien lo escribe, hay testigos que ven el "work in progress".

Saludos, Eduardo.

P.D: Reputea la fracesita...

Eduardo Guerra, el imaginario... dijo...

Sí, Karina. Definitivamente es un ejercicoio de exorcismo. Gracias por tus palabras.

Madame Bovary dijo...

Ufff... creo que todos hemos pasado alguna vez por esa situación. Cuando te das cuenta de que la persona amada desaparece de tu lado, por las razones que sean, y compruebas que tu mundo se desmorona y te asalta una tristeza tan grande, que necesitas que pase mucho tiempo para poder apartarla de tu vida.

Me ha encantado, querido Eduardo, seguiré por aquí.

Un beso.

pd. Mil gracias por citarme. No lo merezco.